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Fiesta de la Divina Misericordia

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“Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia”

Los cristianos cantamos este salmo, especialmente en este domingo segundo de Pascua, en el que Jesús Resucitado pide al incrédulo Tomás que toque las llagas que han dejado los clavos y la lanza en su cuerpo glorioso. Esas marcas aseguran  que la misericordia de quien las lleva, el Señor Resucitado, no tiene límites. Porque sólo quien es capaz de sufrir hasta ese extremo es capaz de querer y de perdonar siempre. Por eso podemos cantar jubilosos, ante nuestro Dios llagado por amor: “Dad gracias al señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Con qué fuerza vivió y predicó esta verdad el Beato, Juan Pablo II: “Ha llegado la hora –decía- en la que el mensaje de la Divina Misericordia debe llenar los corazones de esperanza y convertirse en chispa de una nueva civilización: la civilización del amor”.

Con la misma fuerza nos predica ahora el Papa Francisco “No debemos tener miedo de la bondad, ni de la ternura” (Misa del comienzo de su pontificado, 19 de marzo)

 

 

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