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Tercer domingo de cuaresma: Una palabra apropiada para cada uno...

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La ha dejado Dios escrita en la Biblia. Es cuestión de encontrarla.

Es, justamente, lo que le ocurrió a Vittorio Messori, según cuenta él en su libro "Por qué creo", que acabo de leer. Dice así:

Yo no cambié mi vida. Me fue cambiada  y de un forma sorprendente e inesperada. Fue un encuentro desnudo y crudo en mi pequeña habitación del ático del 27 de Via Medail, en Turín, desde donde no veía calles ni personas, sino un pequeño patio siempre desierto. Fue un darme de bruces, sin intermediarios, con una Palabra que se hizo carne.

El librito de los evangelios salió lleno de polvo, no sé cómo, de los rincones de mi armario.¿De donde venía aquel Evangelio que encontré en mis manos? ¿Por qué estaba en un rincón del armario que me servía de biblioteca? Quizá lo había cogido del cajón de la mesilla de algún hotel, quíen sabe dónde y quien sabe cuándo; o quizá me lo había regalado no sé quien: de hecho era algo modesto, de distribución gratuita, una edición de bolsillo. Recuerdo algunas ilustraciones en blanco y negro. No creo que hubiese tenido nunca antes en la mano aquel librito.

Hubo en aquel encuentro la dulzura de la misericordia y el perdón y, al mismo tiempo, la severidad de la justicia, el temor a la amonestación. Tiempo después me explicó otro converso: "Estoy convencido de que en la Escritura hay una palabra inspirada apropiada para cada uno de nosotros". En mi caso fue, sobre todo, la invitación amorosa: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré" Invitación seguida inmediatamente de un "no tengáis miedo". Efectivamente, la exhortación a los cansados y agobiados a que fuesen a El está en el capítulo 11 de San Mateo y prosigue así: tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis consuelo en vuestras almas. Mi yugo es suave y mi carga, ligera".

Pero, después de la invitación, viene la advertencia: la parábola sobre la higuera estéril (Lc 13). Son versículos que me causaron tal impacto que los volví a copiar en un folio a máquina, y para tenerlos siempre a la vista lo pegué en la puerta de mi habitación. Naturalmente, por dentro. Pero fue lo mismo. Causó en mi familia, poco creyente, sorpera y preplejidad y hasta alarma.

Y, sin embargo, el hecho puro y duro era que no podía elegir en modo alguno. La Verdad estaba en el Evangelio.Y la conclusión, que no podía discutir porque se imponía desde lo más hondo y me era confirmada por el estudio y por la reflexión, me había sido dada: mi tarea, desde entonces en adelante, sería la de buscar, esclarecer, explicar (a mí y a los demás) por qué no sólo el cristianismo, sino precisamente su versión católica y romana, era el destino adecuado para quien busca la verdad plena.

Ojalá que la cuaresma nos ayude a encontrarnos con esta palabra que nos mejora, que nos cambia, que nos puede hacer felices ¡BUSQUÉMOSLA!

 

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