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Tercer domingo de Adviento: Buscar a un Dios que nos está buscando a nosotros

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Surgió un hombre llamado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. Decía: En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia…

 

Ya hace veinte siglos que Juan Bautista anunció que Dios estaba entre los hombres y todavía algunos, en nuestro mundo desarrollado y próspero, lo desconocen y otros lo han olvidado ¿También nosotros?

 

¿No será que le buscamos donde no está, o que hemos olvidado  los signos de la presencia de Dios en medio de los hombres?

Tal vez a nosotros y a nuestros contemporáneos nos pasa lo que al famoso literato francés Julien Green, según cuenta él en un libro autobiográfico:

En su juventud, dice que se hallaba atrapado por los “placeres de la carne”. No tenía convicción religiosa alguna que pudiese haberle servido de contención. Y, sin embargo, hay en su experiencia algo notable: de cuando en cuando entraba en una iglesia, impulsado por el anhelo –que él no se admitía a sí mismo- de verse súbitamente liberado. “No hubo milagro alguno”, continua Greene, “pero sí, desde la lejanía, el sentimiento de una presencia.” Esa presencia tenía algo cálido y prometedor para él, pero todavía le molestaba la idea de que para su salvación tuviese que pertenecer, por ejemplo, a la Iglesia.

            Quería la presencia de lo nuevo, pero la quería sin renuncias, casi como por autodeterminarción y sin ninguna imposición. Es así como se encontró con la religiosidad india y esperó encontrar a través de ella un camino mejor. No obstante, no faltó la decepción, e inició su búsqueda en la Biblia. Y con tanta intensidad la llevó a cabo que comenzó a aprender hebreo tutelado por un rabino judío. Un día le dijo el rabino: el próximo jueves no vendré, pues es festivo” “¿Festivo?”, preguntó Greene sorprendido. “Es la fiesta de la Ascensión -¿Tendré que decírselo yo a usted?”, fue la respuesta del judío. En ese momento, el joven buscador se sintió alcanzado como por un rayo: era como si sobre él llovieran fragorosas las palabras del profeta. “Yo era Israel”, dice Green, “a quien Dios clamaba, suplicante, que regresara a Él. Sentía que para mí regía la frase del profeta Isaías: “Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo; Israel no conoce, mi pueblo no entiende” (Is 1,3).

            Hasta aquí la experiencia del Novelista converso. ¿No tendríamos también nosotros en este tiempo de Adviento que sentirnos, como él, interpelados y conmovidos? ¿No tendríamos que sentirnos buscados por ese Dios que nació en Belén y que habita en medio de nosotros, y a quien encontramos en nuestros prójimos y en nuestras iglesias, y en su Palabra y en su Eucaristía?

            Distingámoslo aunque su apariencia sea humilde, aunque hoy no se le tenga en cuenta en los medios de comunicación, aunque se le desprecie y se le olvide. Y digámosle con el salmista: Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios…

Estos días que faltan para la Navidad son buenos días para  hacer también caso a San Pablo, según hemos leído hace un momento: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar… Ojala no lo olvidemos, ojala saquemos tiempo. Así la Navidad para nosotros será un cambio, que nos devuelve la serenidad y la alegría que nos hace más felices y nos permitirá hacer muy felices a los que nos rodean. Que así sea.

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