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Ir tras los valores duraderos

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Se acaba el año litúrgico y el año de la Misericordia. En la misa se nos leen pasajes bíblicos que nos ayudan a entender el mundo y a distinguir las apariencias, que perecerán, de los valores que perduran. Y se nos anima a cultivar lo duradero sin entretenernos en lo aparente.

La primera lectura, tomada del Profeta Malaquías, contiene palabras fuertes que amenazan con fuego y destrucción a los malvados, cuyo triunfo no puede durar porque se basa en apariencias y no en valores que duran.

Y, en el Evangelio, Jesucristo anuncia que todo lo material se acabará, incluso los templos, construidos por mano de hombres. “Con vuestra perseverancia –advierte, situando al espíritu por encima de la materia- salvaréis vuestras almas”. Pero, afirma también que lo duradero, lo que procede del espíritu y no de la materia, cuesta y no está ni estará de moda. Que vivimos en un mundo de apariencias que persigue al que va más allá de lo superficial y promueve la verdad, el bien y la justicia, que son valores permanentes del espíritu.

Pero el ocuparse de lo duradero –advierte San Pablo en su carta a los tesalonicenses- no significa estar mano sobre mano. Porque se necesita ganarse el pan para promover, a la vez, valores como la cultura, la fe o la justicia.

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