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¡Feliz Navidad, queridos amigos!

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Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación.

Y se alegra el cielo. Y, se debiera alegrar, esta tierra nuestra, últimamente algo triste.

Sí. Ha aparecido la gracia de Dios, por encima de nuestras mentiras, pisoteando nuestras envidias, y nuestras tontas presunciones, y nuestros despistes, y nuestros abandonos y hasta nuestras pobrezas.

Y aquí tenéis la señal, repiten para nosotros los mensajeros del cielo: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

La grandeza divina, empequeñecida. La gloria, oculta entre pajas. El que está por encima de todos los hombres, en un lugar de animales. Pero no ha perdido ni la fuerza del amor, ni la capacidad de sacrificio y ahí reside su potencia salvadora, que pone a disposición de nosotros,  los humildes y sencillos.

Por eso en esta noche, en la Noche Buena, no nos podemos cansar de mirar y admirar el belén que hemos puesto en nuestras casas y en nuestra iglesia. Ahí vemos el mundo transformado, un mundo con sentido, un mundo que ya no está desorientado. Porque la luz, que sale del portal, ilumina los corazones, aún más que la naturaleza. Y permite a todos caminar seguros hacia una meta feliz, aunque ardua.

Caminan, felices y contentos, por senderos cubiertos de suave musgo, que los hace andaderos, pastores y molineros, agricultores y panaderos, reyes y mendigos. Caminan grandes y chicos, hombres y mujeres, niños y adultos. Todos han recibido un corazón nuevo y un espíritu nuevo y pueden decir con el salmista: Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque. Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra.

Y como las palabras se quedan cortas hay que ponerse a cantar. Y hacerlo sin temor porque acompañan los ángeles: Hermanos, Dios ha nacido sobre un pesebre. Aleluya. Hermanos, cantad conmigo: Gloria a Dios en las alturas. Desde su cielo ha traído mil alas hasta su cuna. Hermanos, cantad conmigo: Gloria a Dios en las alturas. Hoy mueren todos los odios y renacen las ternuras. Hermanos, cantad conmigo: Gloria a Dios en las alturas. El corazón más perdido ya sabe que alguien le busca. Hermanos, cantad conmigo: Gloria a Dios en las alturas. El cielo ya no está solo, la tierra ya no está a oscuras. Hermanos, cantad conmigo: Gloria a Dios en las alturas.

Que esta luz encendida en la Noche Buena no la apague ni el frío de la indiferencia, ni el hielo del pecado. Sino  que la mantengan viva la oración y el trabajo bien hecho. Con la ayuda de San José y de Santa María. Que así sea.

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