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En la fiesta del Pilar

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El Reino de los cielos  se parece a un Rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir…

 

Hermanos:

                   Dios nos recuerda, en estas Palabras suyas que acabamos de escuchar, tomadas del libro sagrado, que no sólo somos trabajadores suyos (así leíamos el domingo pasado), sino sus invitados, sus amigos, para los que tiene preparado un gran banquete que nos hará definitivamente felices, tan felices como aspira serlo cualquier ser humano:

 

Un banquete ciertamente, distinto a los nuestros, misterioso, no perceptible por los sentidos, pero tan satisfactorio como los nuestros y más duradero…

 

Se trata del banquete de la vida en plenitud, de la verdad sin mentiras, del bien sin maldades, de la amistad sin traiciones… y sin temor a que se pueda perder…

 

El banquete del que gozan los santos y del que son excluidos los perversos, los aprovechados, los explotadores, los falsarios…

 

Por conseguir entrada en ese divino banquete se esforzaron los santos…Hoy, por ejemplo, recuerda la Iglesia al Beato Juan XXIII, aquel Papa Bueno, que tanto hizo por la paz del mundo y la renovación de la Iglesia…

 

Pero, el evangelio nos avisa del desprecio de la invitación divina por parte de muchos, demasiado entretenidos en sus negocios, en sus diversiones, o en sus vicios…  

 

El evangelio nos describe así un mundo que, en gran medida, ha perdido la ESPERANZA CRISTIANA. Un mundo y unos hombres, que ya no esperamos nada de Dios, porque nos basta con los bienes perecederos, con la prosperidad material, con el bienestar conseguido… Olvidamos el cielo pensando que se vive muy bien en la tierra, hasta que se nos deteriora el vivir, y entonces nos quedamos suspendidos en la nada: sin tierra y sin cielo y sin esperanza…

 

 

 

 

Hace veinte siglos, en esta misma tierra nuestras de España, vivían nuestros antepasados un paganismo degenerado, insatisfecho en su sinrazón, pero que adormecía sus conciencias y les hacía despreciar la predicación del Evangelio que les hablaba de bienes más altos, de verdades más ciertas, de esperanzas más fundadas, de conciencias más atrevidas…

 

Hoy celebramos, que, aunque el desaliento estuvo a punto de hacer que el evangelizador abandonara su tarea, el cielo vino en su ayuda, de una manera muy divina, y muy humana. La Virgen, Madre de Dios, visitó milagrosamente esta tierra nuestra para confortar al apóstol Santiago, asegurándole, que la Esperanza cristiana arraigaría junto al Ebro, y que en prenda de ello dejaba el Pilar, como signo de firmeza y solidez.

 

Y… a partir de entonces la fe y la esperanza cristianas arraigaron en España, revolucionando aquellas conciencias adormecidas por el paganismo. Y produjeron grandes Santos, misioneros, hombres y mujeres esperanzados, valientes y sembradores por doquier de esperanza y de alegría.

 

¿Olvidaremos hoy esta herencia, cayendo en un materialismo neopagano que desconoce la esperanza, que acorta las miras e impide el heroísmo de la santidad?

 

El Pilar de la Virgen nos habla de fortaleza, de arraigo, de valores sólidos. Pidámos para nuestros gobernantes, para las familias de España y de los inmigrantes que se han instalado en ella,  para todos, la búsqueda y defensa de esos valores y el esfuerzo por alcanzarlos. Y que nos atrevamos a vivirlos con entusiasmo y con alegría. Que Santa María del Pilar nos lo conceda.

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