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Novena predicada en la ermita de Autol del 27 de julio al 4 de agosto

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Nueve días con la Virgen, conociendo  y agradeciendo su maternal intervención en la historia cristiana:“Al final mi Corazón Inmaculado triunfará”  

En Jerusalén, hace dos mil años, MARÍA, al pie de la cruz se convierte en la reina de los mártires, dando inicio a una historia de hombres y mujeres valientes, que no se doblegan ante el mal, sino que lo vencen con su sacrificio.                                                                                                         

Los primeros cristianos, perseguidos  y martirizados por los poderosos durante tres siglos, se fortalecían con la oración. En las catacumbas romanas, cementerios subterráneos, enterraron a cientos de mártires y allí pintaron, entre otras, la primera imagen de María con el Niño Jesús en brazos.  En las catacumbas se enraizó la Iglesia y sacó fuerzas para cambiar el mundo pagano, bajo la protección de María Reina de los mártires. Se calcula que en estos años más de trescientos mil mártires dieron su vida por Cristo. La Iglesia celebra por su nombre a más de mil de entre ellos, a los que ha inscrito en el libro llamado Martirologio Romano.                                                                                                

En el hogar de Dios Padre no falta la presencia de la Madre, Santa María. Así se vivió desde el principio, levantando con la paz el primer santuario Mariano, dedicado a María, en Roma, a mediados del siglo V. En esta época la Iglesia convierte a los pueblos bárbaros que se establecen en territorios del imperio romano y cuenta también con el testimonio de gloriosos mártires como san Hermenegildo y san Bonifacio                                                                                                     

Cristianizados los pueblos bárbaros establecidos al sur de Europa, los misioneros cristianos evangelizaron también a los pueblos del norte europeo y poblaron el continente de monasterios de monjes, que fueron también focos de civilización. Se cumplía así al pie de la letra la parábola de la mostaza y la levadura. No faltaron en esta época los mártires como san Estanislao y Santo Tomás Becket. María es especialmente venerada en toda Europa con el rezo del Santo rosario que difunden los dominicos.  

La buena semilla de Cristo fue cultivada en la Edad Media en los monasterios, en las catedrales y en las universidades que nacieron a su sombra. Algunos mártires insignes regaron con su sangre esta semilla, como San Pedro de Verona, San Juan Nepomuceno y Santa Juana de Arco.                                                                                                        

El afán misionero exige el desprendimiento que pide la Palabra de Dios: venderlo todo. Así se vivió en la Iglesia esta exigencia a comienzos de la Época Moderna, en los siglos XV y XVI, época también de divisiones y guerras de religión. Los misioneros evangelizaron América y el sur de Asia. No faltaron mártires en este tiempo como San Juan Fisher y Santo Tomás moro en Europa, San Pablo Miki en Japón, San Andrés Dun-Lac en Vietnam y San Juan Brebeuf en Canadá. María les dio fuerza y los acompaño en la misión y en el Martirio. 

El mundo cristianizado, al modo de la red del Evangelio, produjo toda clase de personas. Entre las más contrarias a la fe se encuentran los pensadores o filósofos que dieron origen a las ideologías, es decir, a la explicación del mundo y del hombre prescindiendo de Dios. Estas ideologías se apoderaron de las mentes de las élites y arrastraron al pueblo a revoluciones y guerras que llenan la modernidad. Los mártires de la Revolución Francesa, inauguran una larga cadena de mártires que superará a la de los tres primeros siglos. María se aparece en varios lugares en esta época afirmando que su Corazón Inmaculado triunfará.                                                                                               

Como en Nazaret, también en el mundo moderno se desconfía de Dios y se piensa que el progreso es más eficaz sin Él. El liberalismo, que exalta la autonomía de la razón humana frente a Dios, negándolo como legislador y juez,  y el materialismo que niega totalmente a Dios, han  llevado a la humanidad a un gran progreso material, pero también a una gran decadencia moral. El progreso se hizo a costa de matar la conciencia de muchos. La Iglesia trató de iluminar y liberar las conciencias con su doctrina social. Dos Grandes guerras mundiales pusieron al mundo al borde del abismo. Y se suceden los mártires: del Comunismo, del Nazismo, de la revolución mexicana, de las revoluciones Chinas... María dió fortaleza a los mártires del siglo XX en las cárceles, checas o campos de concentración.                                                                                                       

La riqueza de que presume nuestro tiempo y nuestra sociedad desarrollada se está haciendo, por desgracia, a costa de descuidar la fe, siendo ricos ante el mundo, pero no ante Dios. Los 498 mártires españoles que van a ser beatificados en octubre en Roma, nos invitan con su heroísmo, con sus virtudes ejemplares a construir otro tipo más humano y más cristiano de civilización. Conocer sus biografías, su dedicación al bien, su muerte valiente que les llevó hasta perdonar a sus verdugos, nos invita a un heroísmo mayor. María, reina de los mártires nos acompaña en este empeño, como ha acompañado toda la historia cristiana. No vamos a ser nosotros menos que nuestros antepasados. 

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