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La Misa, el cielo en la tierra

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Ya en la creación, Dios se deja entrever en la belleza y la armonía del cosmos. En el Antiguo Testamento se manifiesta con su gloria a través de los prodigios hechos en el pueblo elegido. En el Nuevo Testamento se llega definitivamente a esta belleza en la revelación de Dios en Jesucristo. Él es la plena manifestación de la gloria divina. Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe transfigurar el misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección. Aquí el resplandor de la gloria de Dios supera toda belleza mundana. La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del cielo sobre la tierra. (Sacramentum caritatis, 35)

Por eso no es extraño que los cristianos valoremos tanto la Misa y la echemos en falta, si no podemos asistir a ella. La sencillez de sus ritos y la profundidad inescrutable de su significado, nos anticipa el cielo en la tierra y nos hace la vida, cuando se nos hace cuesta arriba, más llevadera.

La foto es de la ermita de Santa Eufemia, hoy. En ella se guarda también la preciosa imagen de la Virgen de la Confianza y otra de San Antonio de Padua. Que nos guarden con su intercesión.

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